Quizá era demasiado tarde para desempolvar el árbol de Navidad. Estaba muy bien donde estaba, al fin y al cabo, encerrado en una caja de cartón. Encerrado, casi tanto como ella. Eran muchos meses de exilio voluntario, de ardiente soledad. Al principio no sentía nada, pero había llegado un momento en el que echaba en falta algún rostro amigo. Miró a través de la ventana y vio que el Paseo del Prado estaba precioso, como siempre. Los copos de nieve caían sobre las calles empedradas y sobre los relucientes adornos navideños que engalanaban faroles, árboles y tiendas. La estampa era tan bella, que casi tuvo ganas de enfundarse en su esponjoso abrigo azul marino y salir a pasear por la acera cuajada de nieve. Quizá lo haría más tarde, pero no en ese momento. No quería enfrentarse cara a cara con la Navidad y con la gente feliz y risueña de narices rojas, bufandas de color vivos y bolsas llenas de perfumes y juguetes para regalar a sus allegados. ¡Uf!
Nunca supo bien cuanto tiempo estuvo durmiendo. Nunca, ni siquiera de niña, había dormido la siesta, pero la melancolía podría llegar a ser agotadora. Joder, es que eran demasiados recuerdos. Por un lado, esa serie que siempre veía con sus padres y que seguían emitiendo a todas horas. Por otro lado, aquellas manifestaciones que protestaban contra no-sé-que-político y que observaba desde la ventana o desde la cafetería de abajo, en las que hace un par de años solía adentrarse con Diana, su mejor amiga. Su ex mejor amiga. Y, por supuesto, también se acordaba de los domingos en el rastro comprando libros de segunda mano junto a Mario, su amor. Su ex amor. Era duro, más de lo que podía resistir, y la tristeza le pesaba más que el gélido iceberg que acabó con el imponente Titanic.
Se despertó de nuevo, pero esta vez sí se incorporó. Se arrastró hacia el baño y, observando su horripilante reflejo, se recogió su corta melena del color del carbón en un minúsculo y brillante moño. Eso hizo que su rostro se despejara y, por desgracia, también sus grisáceas ojeras. Hasta sus ojos parecían haberse oscurecido y, más que color esmeralda, se asemejaban más a la opacidad de la hierba de un jardín de noche. Solo su pijama rojo con renos y santaclaus estampados le hizo sonreír. Tenía que dejar de compadecerse de sí misma y de vagar por las esquinas de su frío piso. Tenía que enfrentarse al mundo de una vez.
La Puerta del Sol estaba más concurrida que nunca. Los turistas, los curiosos y los perdidos surgían de las tiendas y hasta de las estatuas. No podía ser de otra forma, puesto que esa noche se iban a despedir del año. Otro año más, doce campanadas vacías para gente sin alma. Compras, compras y más compras. Escaparates llenos de vestidos de lentejuelas para las muchachitas, de camisas para los chavales y de cestas de turrones y mantecados. Era mejor volver a casa.
Se acercaba la noche. Odiaba la idea de estar sola, de estar como un pasmarote frente al televisor, tragando uva tras uva cuando ni siquiera le gustaba la fruta. Sería doloroso, porque recordaría muchas cosas. De hecho, era una de esas tardes en las que le daba por pensar y suspirar, en las que sus ojos se empañaban por las lágrimas y en las que solía tomarse un par de cervezas. Daba pena. Discutió con su familia por una tontería y su orgullo le hizo encerrarse en el piso que había alquilado hacía tan solo un año junto a Diana. Pero Diana y sus rizos naranjas también se marcharon para siempre. Un malentendido rompió su amistad y de nuevo el orgullo le impidió hablar con ella. Y luego estaba Mario, que no pudo soportar tener una relación con un cadáver andante, con una joven de espíritu dormido, de mirada triste, de orgullo infinito, de pocas esperanzas, de sueños inexistentes. Ahora estaba sola, pero así lo había querido en su momento, ¿no? Buscaba la soledad a todas horas, apartaba de su lado a los suyos con gestos de desdén y palabras ásperas. Ahora no entendía su actitud y se sentía estúpida, pero estaba claro que era demasiado tarde.
Se vistió. No iba a recibir al nuevo año en pijama y calcetines de lana. Aún le quedaba algo de dignidad. Además, su vestido favorito, el negro de raso, no le quedaba nada mal. Quizá ahora le sobraba algo más de tela y los huesos de la pelvis se marcaban demasiado, pero estaba atractiva. El carmín rojo le daba algo de vida a sus labios finos y su perfume favorito le hacía sentir como Marilyn Monroe (pero en morena). Bien, así estaba mejor.
Quedaban solo quince minutos para las doce. Ya había cenado un poco de pavo y esperaba paciente con una copa de champagne barato en la mano. "Hay que adelantar el pie derecho para tener suerte en el nuevo año", pensó. Su abuela siempre había estado obsesionada con eso y, aunque quizá fuera una tontería, cada nochevieja seguía esa curiosa regla. Estaba tan abstraída pensando en eso que casi no escuchó el timbre. Casi. Porque cuando ves pasar los días sin compañía, es imposible no percatarse de cualquier manifestación de interés humano. Y en ese momento había alguien que llamaba a la puerta, a su puerta. Igual se trataba de un vecino en busca de sal, azúcar, uvas o unos tapones de oídos para protegerse de los estruendosos petardos y fuegos artificiales. O quizá era un error. Fuera como fuese, se incorporó lentamente e incluso con gracia, deslizó sus inutilizados tacones hacia la puerta y... abrió.
No lo podía creer. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué estaba en su casa? ¡Si habían pasado meses desde que se vieron por última vez! Mario sonrió timidamente, enseñando así la perfecta y brillante derantura cuya blancura contrastaba con su tez oscura. Fueron unos segundos muy incómodos, pero pudo leer el perdón en los ojos de Mario. Nunca les habían hecho falta palabras y menos ahora. Con calma, se apartó y le hizo pasar. Se cerró la puerta y se cerraron unos fuertes brazos alrededor de su cintura. Casi lloró al sentir el abrazo que tanto estimaba. Se miraron una vez más, diciéndose todo lo que tenían que decirse con un pestañeo y se fundieron en un beso de esos que inspiran a los directores de Hollywood. Los cuartos sonaron y las campanadas después, pero ellos estaban demasiado ocupados recuperando el amor perdido. Ese año no hubo uvas ni brindis, pero estuvo segura de que, a pesar de ello, iba a ser un año maravilloso, un año de recuperar y cambiar, un año para intentar vivir.
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