Como cada mañana, Facundo depositó sobre su tocador una pila de revistas. Tras exfoliarse las piernas y masajearse el contorno de los ojos con sus finos dedos embadurnados en una gelatinosa crema de más de 100 dólares, Claire se acercó lentamente hasta su tocador plateado para coger una de las revistas. Raro era el día en el que no salía en portada o, al menos, en alguna de sus páginas. Fingió indiferencia al leer el titular de letras de casi 10 centímetros: "Claire Fawkes, la novia de América, brilla en la gala amfAR".
Bueno, había que reconocer que estaba guapa. Su vestido de Tom Ford color perla relucía ante los flashes de las decenas de periodistas que se peleaban por sacar la mejor foto de la actriz más famosa y querida del momento. Había sido todo un acierto recogerse su melena rubia en un despeinado moño que dejaba ver sus fino rostro, maquillado de forma cuidadosa y estudiada pero de aspecto natural. Sus ojos, dos enormes zafiros perfilados con rimmel color azabache, destacaban casi tanto como sus carnosos labios, expertos en dibujar las sonrisas más irresistibles de Hollywood. Como no podía ser de otra manera, todas las revistas de moda y corazón alababan su inigualable estilo, su elegancia al posar y caminar, su cincelado rostro y las esculpidas curvas de su cuerpo, marcadas en los caros diseños que solía llevar a este tipo de celebraciones.
Brillo, glamour, lujo.Todas las revistan hablaban de ello, de ese mundo en el que celebridades como ella se movían como pez en el agua. Claire estaba muy acostumbrada a codearse de los directores y productores más ricos, de los actores más atractivos y de los diseñadores más excéntricos. Estaba habituada a pasearse de fiesta en fiesta, de aparecer en locales con sillones de terciopelo rojo y camareros que parecían modelos de Calvin Klain. Le encantaba sentir entre sus dedos el frío tacto del cristal de las largas y finas copas de champagne, mientras reía de forma delicada y melódica y pestañeaba como si sus párpados fuesen frágiles y juguetonas mariposas. Sabía que su presencia imponía y tenía un magnetismo especial, y no solo entre los periodistas, sino en toda persona que estuviese a unos metros de ella. Sabía cómo relacionarse con la gente, en qué momento hacer un cumplido y cuándo bromear sobre alguna de sus películas ante la prensa. Todos y todas la adoraban y Claire siempre estaba rodeada de personas que pronunciaban su nombre con admiración y pasión en cada fiesta, en cada gala.
Todo era perfecto hasta que se apagaban las luces, hasta que la música dejaba de sonar, hasta que se acababa el vino. Las remilgadas celebrities regresaban a sus limusinas y no se preocupaban de Claire hasta la próxima fiesta en la que se encontraran. Cuando Claire llegaba a su mansión de Beverly Hills, Facundo, su mayordomo brasileño, era el único que parecía mostrar un interés sincero por hablar con "su señora" y preocuparse de su comodidad. Era terrible. ¿De qué servían el dinero, los perfumes caros, los trajes de ensueño, los suntuosos zapatos y las cenas de cinco platos? ¿Qué importaba que acaparara la atención de los paparazzi hasta cuando acudía al spa en chándal (de terciopelo)? ¿Dónde estaban todos los "amigos" que se morían por entablar conversación con ella en las reuniones nocturnas cuando llegaba sola a su gigantesca y vacía casa de suelo de mármol? Desaparecían, todo se esfumaba. Los diamantes, las eternas sonrisas, los focos y los brindis dorados; todo se iba. No quedaba nada, ni siquiera una pizca de brillo en su mirada azul (nombrada la más sexy del mundo dos años consecutivos por la revista Maxim). Nada.
No quería pensarlo más. Ya había llorado demasiado dentro de vasos de whisky. Lo tenía todo y a la vez nada, y eso le hacía sentirse muy desgraciada. Quería parar ya. Sin pensarlo, cogió bruscamente la torre de revistas y la lanzó sin vacilar a su papelera color azul pastel. Abrió las puertas de su enorme y luminoso dormitorio y bajó corriendo por la infinita escalera de caracol. Casi chocó con Facundo, que se dirigía a la planta alta cargado de toallas de color blanco inmaculado. Atravesó el gran salón hasta llegar a las acristaladas puertas que anunciaban el inicio del idílico jardín plagado de setos floreados. Las empujó con decisión, casi con fiereza, y continuó su carrera sobre el césped recién cortado. Le agradó sentir la textura suave de las briznas de hierba y casi gritó de felicidad y excitación. Seguro que nadie se imaginaba a la pausada y distinguida actriz brincando en camisón y riendo como una niña. Pero a Claire no le importaba lo que pensaran sus colegas de la industria del cine, ni siquiera los paparazzi ni sus fans. Al menos, no ahora. Sin pensárselo dos veces, se desprendió de su delicado camisón de seda, que se deslizó por sus piernas esbeltas hasta fundirse con la hierba color menta y siguió corriendo, con tan solo unas finas braguitas de encaje negro sobre su cuerpo. Como si lo hubiera ensayado cada mañana de su vida, Claire llegó al borde de la piscina hexagonal, flexionó las piernas y saltó como si fuera una campeona olímpica. Se zambulló en el agua y sintió el frescor en todo su cuerpo, en cada poro de su piel, en sus pestañas, en su primera sonrisa de libertad.
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