domingo, 16 de noviembre de 2014

God save Sunday

Otra vez ese chico, dios. ¿No se cansaba de cenar hamburguesa día sí, día también?

- ¿Qué te pongo?
- La Extreme Bacon con extra de queso y patatas grandes. Y una Coca-Cola light.

Susan se rió para sus adentros. ¿Coca-cola light? ¿Una bebida light después de pedir el menú más grande del establecimiento. ¡Venga ya!

- 7 con 80 libras, por favor- se limitó a contestar.

El chico rebuscó en su cartera con sus regordetas manos y le entregó un billete arrugado. Susan lo cogió y apenas le miró mientras buscaba el cambio. ¿Para qué? Se sabía sus rasgos de memoria: pelo lacio anaranjado, nariz respingona y mofletes blancos como la leche. Ah, y una sonrisa bobalicona. Dios, cómo odiaba todo aquello...


Por fin acabó su turno. ¡Bien! Susan estaba deseando quitarse esa estúpida gorra de color amarillo. Cada vez que se veía reflejada en la campana de la cocina, pensaba que su apariencia no podía ser peor. Su melena castaña era larga y bonita, pero se limitaba a recogérsela en una coleta baja para que le cupiera la gorra. La camisa y el delantal apenas marcaban sus curvas, aunque realmente eso era lo de menos. Lo que odiaba del trabajo no era la pinta que tenía siempre, ni siquiera el olor a patatas fritas que se quedaba impregnando en su pelo. Lo que verdaderamente no soportaba era la monotonía, el hecho de estar seis horas seguidas haciendo lo mismo, entregando hamburguesas y monedas, apuntando pedidos, intentando ser amable aunque no tuviera nada que le motivara a ello.

- Adiós- murmuró mirando a un trozo de lechuga que yacía sobre el suelo de la cocina.

Y se fue. Por fin.


¡Ya era domingo! La semana se le había hecho eterna. Normalmente, la gente odia los domingos, pero a Susan le sucedía todo lo contrario. Era el único día en el que podía mantenerse alejada de esa hamburguesería de las afueras de Londres. Se escurrió entre las sábanas y se asomó por la ventana para tomar el aire. Cerró los ojos y respiró. ¡Bien!

Tras quitarse su pijama de rayas azules y darse una buena ducha, Susan bajó a la cocina a prepararse unas tostadas. Estaba de buen humor. Además, su boba compañera de piso, Shirley, no estaba. Se había ido de escapada a Dublín con uno de sus novios. ¿Por qué no se quedaba allí para siempre? Susan apuró el café, se calzó sus botas de agua color cereza (sus favoritas) y salió a disfrutar de la mañana. El cielo parecía un manto de un gris precioso, un gris azulado. No llovía pero la humedad se palpaba en el aire y a Susan le encantaba sentir el frío en su pequeña nariz. Así sabía que estaba viva, al menos.

Caminó durante veinte minutos, curioseó en una tienda de ropa de segunda mano y, finalmente, se sentó en un desgastado banco frente a un edificio en obras. No era un paisaje idílico, pero estaba bien. Además, se sentía hasta guapa. Le gustaba llevar el pelo suelto, sentir como su melena caía sobre su parka y le hacía cosquillas en la barbilla. Sonrió. Era un día perfecto, aunque, en el fondo, envidiaba a todos aquellos que odiaban los domingos. Sí, porque los que los odiaban lo hacían porque no querían que su fin de semana, posiblemente alucinante, acabara. Como los estudiantes, por ejemplo. Veía a muchos en la hamburguesería, jóvenes con pearcings y sonrisas alocadas que acudían con kilos de apuntes en su regazo en busca de calorías y refrescos. Ella tenía su misma edad y, la verdad, no le importaría ser uno de ellos. De hecho, le encantaría. Muchas veces se imaginaba en uno de esos grupitos hablando de un próximo examen mientras mojaba una patata frita en ketchup o criticando a tal profesor mientras jugaba con la pajita de su batido. Se imaginaba en una de esas aulas grandes y maravillosas de una universidad, sentándose en uno de los pupitres para aprender muchas cosas nuevas. Literatura inglesa, por ejemplo. O Medicina, tal vez. ¿Por qué no? Bueno, estaba claro. Porque no podía permitírselo. Porque su vida no era fácil. Porque desde los dieciséis años trabajaba sirviendo hamburguesas. Porque en la vida, no todos disponen de las mismas oportunidades. Porque ese mundo no era para ella.

Al menos, siempre le quedarían los domingos...


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