¿Sabes ese momento en el que escribes sin saber por qué? Escribes, escribes y escribes, y ni siquiera sabes el qué. Solo quieres narrar, describir, saborear las sílabas y degustar las frases. A Dick le sucedía continuamente. Se recostaba sobre su sofá naranja chillón y, con el ordenador portátil sobre las rodillas, comenzaba su tarea. Algunas teclas estaban especialmente desgastadas, aunque pocas tanto como la Z. Sí, curiosamente una de las letras más ignoradas e, incluso, denostadas, era la que más se repetía en sus escritos. Tenía muchas carpetas plagadas de archivos de Words en los que las palabras bailaban alrededor de la protagonista, la última letra del abecedario. Pero es que no podía parar de escribir su nombre. Era corto, excéntrico y sencillo a la vez. Tenía un toque oriental, o eso le parecía. Era fácil de pronunciar, pero difícil de sentir.Y, curiosamente, ese nombre de tan solo tres letras era de las pocas cosas en su desquiciada vida que le hacían sonreír. Zoe.
A veces escribía sobre el momento en el que se conocieron. Los granos erigían de su cara de adolescente y a su cuerpo le faltaba un largo camino para desarrollar. A él, no a Zoe. Ella estaba preciosa, incluso durante la pubertad. Comenzó el instituto con energía y decisión, regalando una sonrisa a todo el que quisiera aceptarla. Quizá por eso sufrió tanto. Amigos y amigas, novios y novias... todos parecían empeñarse en romperle el corazón. Y no es que Zoe fuese débil, pero no siempre tenía claro lo que quería de su vida. Lo que quería de sí misma. Daba sin esperar nada a cambio, pero a veces no pensaba en las consecuencias. Y quizá ese altruismo, esa dulzura, esa entrega, ese duende... fue lo que enamoró a Dick.
Se olvidó de ella. Lo consiguió, de veras. Fue por aquella chica, aquella vecina nueva tan simpática. Era rubia y sexy. Solía pintarse mucho los ojos, y le quedaba bien. Eran verdes. O quizá azules. Pero era una chica divertida. Se reía fácilmente y le daba rienda suelta a la pasión. Era universitaria, como él. Lo pasaban bien. A su lado, parecía que los años queriendo a Zoe en secreto, nunca habían existido. Pero solo lo parecía.
Otra carpeta más. Cientos de hojas escritas sobre Zoe. ¿Es que nunca iba a olvidarla? Estaban condenados a ser amigos. Muy amigos. Pero solo amigos. Y eso le destrozaba por dentro. Quería que ella le mirase con otros ojos, pero solo recibía abrazos sinceros y fraternales. Solo recibía los restos de aquellos que sí que la tenían pero acababan dejándola tirada por los rincones, con el rimmel deslizándose por sus mejillas y un molesto nudo en la garganta.
No tenía sentido. No quería seguir sufriendo. No se lo merecía. Tenía que encontrar otra vecina rubia y sexy, o morena y sexy. Daba igual. Tenía que anclarse en otra mirada, que desear perderse en otro cuerpo. Tenía que mentalizarse. Tenía que dejar de ver el amor como algo idílico. Tenía que olvidarla. No sabía si iba a ser capaz... Después de todo, eran muchos años de amor marchito. Y el corazón no se cura con solo unos remiendos o aplicando una sencilla pomada. Necesita tiempo. Y valor, sobre todo valor. Pero hubo un momento, en el que Dick se sintió capaz de intentarlo. Se vio capacitado para olvidarla. Y se dio cuenta de ello el día que la tecla más desgastada del ordenador pasó de ser la Z a la de borrar.
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