domingo, 4 de agosto de 2013

"Simplemente, sígueme..."

- ¿Dónde me llevas?
- Solo sígueme.
- Pero...
- ¿Confías en mí?
- Hasta con los ojos cerrados.
- Entonces, sígueme.

Su mano estaba fría como los témpanos de hielo, lo que contrastaba con el ardor de mis mejillas. Pero, a pesar de todo, yo le seguía a través de la oscuridad. De vez en cuando, miraba atrás para comprobar que estaba bien o, quizá, tan solo para sonreírme.

- ¿Falta mucho para llegar?
- Sígueme.

Estaba asustada. El frío penetraba por las costuras de mi jersey gris mientras la humedad empañaba el cristal de mis gafas. Mis desgatados zapatos de tacón resonaban en la fría piedra. No quería mirar atrás. A veces escuchaba chirridos extraños y, en mi fuero interno, imploraba que no fueran ratas. La barbilla me temblaba tanto que desconocía si era a causa del frío o del pavor. Sin embargo, él estaba ahí. De vez en cuando me presionaba la mano con más fuerza o me dirigía una mirada emocionada, como diciéndome: "Aguanta, ya casi estamos". Tragué saliva, cerré los ojos y dejé que me guiara. No lo estaba haciendo tan mal para ser la primera vez que paseaba bajo las alcantarillas.

- ¿Ves esa escalerilla?
- Sí.
- Treparemos.
- Pero, ¿dónde llegaremos?
- Sígueme.

Él subió primero para retirar la tapa y, después, coger mi mano y tirar de mí. Con bastante esfuerzo, conseguí subir y... salir. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la luz de la estancia. Cuando los abrí de nuevo, quedé maravillada. Él seguía tomando mi mano entre las suyas y... me miraba. Esperaba mi reacción, mis palabras. Pero yo estaba muda. Nos encontrábamos en el que era, posiblemente, uno de los teatros más bellos de París. Me pareció sorprendente que el oscuro mundo del subsuelo plagado de olores nauseabundos tuviera una puerta hacia aquel lugar maravilloso. Estábamos justamente en lo alto del escenario, contemplando la grandeza del lugar. El techo abovedado era inmenso y de un elegante dorado, ornamentado con escultura y grabados barrocos. Las hileras de butacas rojas y esponjosas parecían infinitas y yacían vacías. Solo estábamos él y yo en aquel paraíso.

- ¿Qué te parece?
Jamás respondí. Mis ojos velados por las lágrimas respondieron por mí. Acto seguido, me abalancé sobre él. Dejé que sus fuertes brazos me rodearan mientras derramaba lágrimas de felicidad sobre su suave cuello. Silencio. Él clavó su mirada azulada en mi incipiente sonrisa. No lo dudé; le besé. Rocé mis labios con los suyos e invadí su boca. Él acariciaba mi espesa melena mientras mis pies se elevaban del suelo y yo me perdía en su abrazo eterno...

- ¿Serías capaz de actuar en este escenario?
- Pero... ¡si el teatro está vacío!
- Te equivocas. En él está el público más deseoso de escuchar tu voz.
- Solo estás tú.
- Exacto.

Se sentó en primera fila. Como siempre, estaba encantador. Su cabello color azabache se encontraba elegantemente despeinado. El fulgor de su sonrisa destacaba sobre su tez morena. Y me esperaba, me esperaba a mí. Le miré desde el escenario con expresión nerviosa. Las piernas me temblaban y el corazón me latía de forma desorbitada. Entonces, me perdí en sus ojos celestes y perdí el miedo. Una vez más, me guió a través de la oscuridad. Por fin, comencé a cantar.

Al principio, la voz me temblaba. Pero él no perdía detalle ni la sonrisa. Los segundos pasaron y, cuando quise darme cuenta, mis piernas danzaban por el escenario mientras mis párpados cerrados sentían la música, una melodía imaginaria que en mi mente acompañaba a mi voz. Cuando terminé de cantar, él estalló en aplausos. Abrí los ojos. Se había incorporado del asiento, aplaudía y lloraba. Sí, lloraba. La emoción se manifestaba en su dulce mirada. Fue el mejor público que tuve nunca.


Ruido. Mascarillas. Olor a café. Nervios. Luz fluorescente. La rueda torcida de la camilla. Un vacío...

Calma. Pausa. Paz.
Abrió los ojos. Estaba casi tan pálido como las sábanas de la estrecha cama. Múltiples cables invadían su cuerpo. Hasta su respiración era controlada por una máquina. Yacía cansado, con el rostro demacrado y pronunciadas ojeras. Sin embargo, su sonrisa estaba intacta. En cuanto me vio al despertar, se formaron sus hoyuelos al sonreír. Me levanté de la butaca fugazmente y tomé sus frágiles manos entre las mías. No hablamos, solo me miró. Me dejó llorar. Acarició mi rostro con delicadeza y limpió mis lágrimas.

- Eres lo más bonito que he visto al despertar.
- ¿Desde cuándo lo sabías?
- ¿Que tenía cáncer? Desde hace un año.
- Nunca me lo dijiste...
- No quería hacerte daño.
- Podría haberte ayudado, haber pasado más tiempo contigo...
- Ya me ayudaste. Me hiciste soñar. Me enseñaste amar. Me regalaste tu risa. Me mostraste el misterio de tus ojos tímidos escondidos tras las lentes. Confiaste en mí. Me seguiste.

Lloré de nuevo. En silencio.

- Gracias. Tu voz es lo que me mantuvo vivo. Tu amor es lo que me da fuerzas.
Y entonces recordé el teatro. Recordé los aplausos y sus lágrimas de emoción. Recordé la canción que le dediqué. Recordé la curva de su espalda, las caricias sobre las sábanas de satén. Recordé el aroma de su colonia sobre mi ropa interior. Recordé sus abrazos protectores, sus ideas descabelladas. Recordé, recuerdo y recordaré al que fue al amor de mi vida. Incluso aunque ya no esté...

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