jueves, 15 de agosto de 2013

Desvío

Los potentes rayos del sol canario intensificaron el brillo de su melena dorada. Sus pequeños y bronceados pies dibujaban huellas en la arena húmeda mientras abandonaba el agua salada. Él fingía leer un libro, pero en realidad Charles Dickens no le interesaba en absoluto: solo tenía ojos para ella. Sus piernas eran esbeltas y su vientre, plano y suave. El color azul turquesa de su bikini resaltaba aún más su piel morena, una piel húmeda, resbaladiza y brillante como la de los personajes de los cuadros de Sorolla. Pero ella era real, absolutamente real. Al pasar junto a él, le dedicó una alegre mirada con sus enormes ojos azules mientras se dirigía con sus amigas. Él hizo un gesto con la cabeza y bajó la mirada antes de empezar a ruborizarse. ¿Se habría dado ella cuenta? Probablemente no. Y es que apenas sabía que él existía. Tendría que conformarse con observarla nadar con gráciles brazadas y pasear con decisión y dulzura por la orilla del mar...

Ella le miró. Sí, ahí seguía con los cinco sentidos puestos en su lectura. Se zambulló una vez más y, seguidamente, decidió salir del agua. Aquella sería la prueba de fuego: pasaría delante de la toalla de él y observaría su reacción. ¿Se fijaría en ella de una vez por todas? Lo dudaba; ese chico podía tener a todas las chicas que quisiera y, aun así, prefería refugiarse en sus libros. Si no se fijaba en las más guapas de las islas, no se iba a fijar en ella. Pero no perdía nada por intentarlo... Con toda la gracia y sensualidad que pudo, comenzó a salir del agua. Se apartó el pelo del rostro y miró al frente, intentando parecer una bella sirena a sus ojos. Pero él seguía enfrascado en las páginas de Oliver Twist sin prestar ninguna atención. Cuando pasó por su lado, se atrevió a mirarlo mientras sonreía con timidez. Apenas él la vio, bajó la cabeza y retornó su lectura, como si no hubiera nada más interesante que aquello. Derrotada, ella se dirigió a las toallas donde sus amigas hablaban animádamente, sin mirar atrás. Quizá por eso jamás se dio cuenta de que él se había girado para contemplar la curva de sus hombros y la suavidad de su cabello.

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