lunes, 22 de julio de 2013

Perspectiva.

De perfil. Con la mirada perdida. La curva de su espalda. Sus manos. De frente. Gesto distraído. Su espesa melena. Tez pálida. Hoyuelos en su sonrisa. Brillo. Movimiento. Tumbada. Mirada pensativa. Sus piernas. Pestañas aleteando. Un guiño. Ella.


Mil posturas. Era perfecta desde todos los ángulos. Las pinceladas traspasaban el lienzo e intentaban plasmar la perfección de su cuerpo. Sus caderas se contoneaban; su risa era fresca. Él pintaba sin descanso, perdido en su aroma y rendido ante su baile. Los retratos llenaban la habitación, con la misma mirada desde distintas perspectivas. Incluso en sus sueños, él la pintaba. El vestido de seda resbalaba por sus hombros y se enroscaba entre sus frágiles piernas. Los vaqueros se ceñían a sus suaves gemelos. Un botón de su camisa, desabrochado. Sus pies adornados con sandalias o las sandalias engalanadas con sus pies. Carmín oscuro, marcas en las sábanas. Pestañas oscuras, piernas infinitas. Sabor a café, aroma a arándanos. Sus manos entrelazadas, sus respiraciones acompasadas. Una sonrisa. Se dijeron todo con una mirada. Un destello esmeralda en sus ojos. Tacto aterciopelado en su piel. Finos brazos reclamando protección. Un beso. Pasión. Él seguía rodeado de témperas, creando arte, fabricando amor. Un hasta pronto entre sollozos. Susurros...


Soledad. Él sorbe el café con lentitud y aspereza. Recuerda esos paseos por el centro de su mano, el brillo en esos ojos de niña ante las luces de los semáforos y las historias de la gente. Jamás podrá olvidar esos besos entre la espuma de la bañera y el compartir confidencias bajo el edredón. A veces, ella se sentaba sobre el alféizar de la ventana y miraba. Sí, simplemente miraba. Sus enormes ojos se perdían en el caminar de un anciano o en el fulgor de las estrellas. Ella solía decir que la belleza se encuentra en las cosas más mundanas. Adoraba lo simple, la sencillez. Se paseaba con su blusa de color blanco entre los retratos, observándolos entre crítica y maravillada. Después, volvía junto a él y acariciaba sus manos, sin dejar de mirarle a los ojos. Era una de esas personas que miraban a los ojos, que reían sin complejos y que no se avergonzaban de sus ronquidos. Era transparente; transparente como el viento que la alejó de él... para siempre.



La lluvia acaricia los cristales, como lágrimas de perla que no encuentran su camino. Ya no huele a ella. No hay ni rastro de su cabello ondeante ni de la frescura de su cintura. Él sigue añorándola, incluso más que el primer día sin ella. Solo le quedaban sus cuadros. Miles de testimonios de su presencia, de sus juegos, de su amor. Un recuerdo de unos ojos centelleantes que huyeron del embrujo de enamorarse.

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