Sentada en el porche, dejó que la suave brisa acariciara sus pálidas mejillas. Sus finos cabellos color cobrizo también se sumían al vaivén del viento, mientras el verdor de sus ojos se escondía bajo sus grandes párpados, entrecerrados. Aspiró una vez más el humo de su cigarrillo, en cuya blancura estaba plasmado un beso color bermejo. Dejó que sus pupilas recorrieran los lejanos montes y la pradera plagada de flores silvestres. Dibujó con sus pies una circunferencia dudosamente simétrica en la arena, mientras jugueteaba con una brizna de hierba en sus manos. Dio otra calada más y, por fin, se decidió a incorporarse. Sus piernas eran extraordinariamente finas y su palidez combinaba con la del resto de su piel. Su rostro salpicado de pecas se tornó inocente de nuevo y su mirada esmeralda le devolvió al sol un tercio de su luz. Sin previo aviso, comenzó a correr. De pequeña siempre lo hacía. Y ahora, casi dos décadas después, volvía a hacerlo. No le importaba que la consideraran infantil, ella quería seguir su instinto. Corrió sobre la mullida hierba y dejó que los altos rastrojos acariciaran su fino vestido anaranjado. Ella seguía corriendo mientras rozaba con sus dedos los pétalos de las flores más altas y atrevidas. Siguió avanzando a grandes zancadas sin ni siquiera mirar atrás, perdiendo totalmente de vista la vieja casita de madera. En ella había dejado su cigarro y... su vida.
Puede que nunca supiera cuanto tiempo estuvo recorriendo la pradera con gráciles brincos. El sol seguía incidiendo sobre su brillante melena rojiza y no parecía tener intención de marcharse. Y a ella no le importaba. Después de todo, el sol era el único que jamás le abandonaba...
Por fin, cuando su compañero del cielo comenzaba a esconderse con el atardecer, llegó a un exótico paraje. Era una ladera de una montaña altísima, cuyas rocas estaban cubiertas de amapolas. ¡Sí! De amapolas... El rojo de aquellas flores parecía sangre, sangre pura y borboteante. Se acercó lentamente, exhausta de su carrera. Sostuvo entre sus manos la corola de una de las amapolas, fijando sus pupilas en la negrura de las de la amapola. Negro, rojo. Rojo, negro. Y entonces lo vio. Vio el negro azabache de los cabellos de un joven, el muchacho al que había amado toda la vida. Vio su amplia sonrisa y sus ojos oscuros, brillantes y llenos de vida. Vio su pálida piel invadida por un rojo intenso y brillante, el rojo de la sangre. Vio la sangre esperando paciente el negro de la muerte, el adiós de su alma. Vio un destino fatal, el fin de una vida, mil sueños rotos. Vio, en el único ojo de aquella engreída amapola, el primer crimen que cometería en su vida.
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