Cuando entró en la amplia sala, sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Hacía tanto tiempo que no veía aquel piano...
Aquel día, los rayos del sol penetraban a través de las finas cortinas que revestían el gran ventanal. Aquella luz bañaba la brillante y pulcra madera del prodigioso instrumento, al igual que sus inmaculadas teclas. Hacía demasiado tiempo que aquel magnífico piano de cola no emitía sonido alguna, pero ella sabía que Doña Rosita no había dejado de limpiarlo con mimo. Papá lo hubiera querido así.
Casi con timidez, comenzó a caminar por el suelo de mármol de la espaciosa estancia. Apenas había muebles en aquella habitación, pues solo podía haber un protagonista: el piano. A medida que se iba acercando, casi podía sentir el aroma de las camisas de papá. Incluso juró haberle visto, con su rostro bronceado y aquellos ojos azules tan profundos y rodeados de ligeras arrugas; arrugas de sonreír a la vida. Sí, no cabía duda, estaba allí, junto al piano. Y estaba sonriendo, como siempre acostumbraba a hacer. Sonreía, mostrando aquella hilera de dientes tan rectos y brillantes. Tenía posada sus grandes manos sobre los hombros de una niña de largos bucles castaños. La niña llevaba un vestido azul de raso que parecía combinar con la mirada de su padre, que sonreía embelesado. Su mirada también era azul, aunque de un tono más grisáceo y... triste. Como ahora.
El recuerdo de la voz de su padre le perforó el alma. Era una voz grave, pero suave y pausada. Era de esas voces melódicas de los actores de cine (o, mejor dicho, de los poco reconocidos dobladores). Era una voz que la había guiado desde que tenía uso de razón; una voz que había llenado de luz aquellos ojos tristes. Él siempre creyó en ella. Siempre tenía buenos consejos y, sobre todo, buenas cosquillas. No importaba lo triste que ella estuviera, pues siempre acababa riendo a carcajadas gracias a las ocurrencias y a las cosquillas de su padre. Siempre acababa volviendo a creer en sí misma y en sus sueños. Siempre acababa volviendo a intentar interpretar a Mozart. Siempre acababa recuperando la magia que fluía por sus dedos y los deslizaba por aquel camino de teclas de nieve. Siempre acababa mostrando los hoyuelos de aquella sonrisa tan poco frecuente.
Sus ojos, ahora cansados, se velaron de lágrimas. Habían pasado muchos años, pero el recuerdo seguía tan vivo como entonces. Casi podía evocar el aroma de los pasteles que les preparaba Doña Rosita. Casi podía sentir la caricia de la hierba sobre sus codos cuando salía a merendar al jardín con papá. Mientras ella se relamía el sirope de sus labios, su padre le contaba mil historias fantásticas y absurdas. O quizá no eran tan absurdas... Quizá le estaba contando su vida a través de esos personajes tan estrafalarios y entrañables. Quizá...
Ahora, tan solo estaba a medio metro de aquel piano. Extendió su delgado brazo hacia él. Dudó un instante... Y lo sintió. Las yemas de sus dedos acariciaban la superficie del piano. Ella cerró los ojos y aspiró el aroma de la nostalgia. Ya más decidida, se sentó muy cuidadosamente en aquella butaca de estilo barroco. Esta vez extendió los dos brazos y, tras levitarlos durante unos segundos, dejó caer sus delicadas manos sobre las teclas. El sonido la estremeció. Cuántas veces las manos de papá se posaron sobre sus manitas de niña y las guiaron por aquellas teclas... Al alzar la mirada, descubrió el libro de partituras que le regaló en su cumpleaños. Papá lo llamaba el libro de la magia, pues decía que de un papel podía nacer música. Y no se equivocaba... El cuadernito seguía abierto por la misma página de la última vez. Sí, la última vez que su padre estuvo allí, guiando a su niña por... sus sueños.
Esta vez no pudo contener las lágrimas. Éstas, agridulces, surcaron sus mejillas sin piedad. Pero eso no la entristeció. Sintió que su alma se estaba limpiando y que su corazón era más fuerte. Estaba preparada. Podía hacerlo. Miró el verdor del jardín a través del gran ventanal y... sonrió. Después, cerró los ojos suavemente, pero no vio oscuridad. Si pensaba en él, jamás llegaba la oscuridad. Supo que cada vez que cerrara los ojos, estaría con él, como aquellas tardes merendado sobre la hierba o jugando a las cosquillas. Sabía que se encontraría con aquella mirada marina y serena, con aquella sonrisa inmensa, también como el mar.
Tan solo abrió los ojos una vez. Y es que necesitaba su vista para distinguir las notas de... su partitura. Sí, la misma página que la última vez, la misma canción. Después de tantos años, volvería a tocar. Por fin continuaría con aquella última lección de música incompleta. Por fin aprovecharía la magia de aquel cuaderno. Por fin volvería a cumplir sus sueños.
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