viernes, 9 de noviembre de 2012

La belleza de lo diferente.

Dani no había pensado nunca en tener novia. ¿Para qué? ¿Para gastarse dinero en San Valentín y que el móvil le sonara a todas horas? ¿Para tener que tragarse pelis románticas? Qué va... Él lo tenía todo y no le hacía falta ninguna chica. De hecho, chicas tenía todas las que quisiera. Altas, bajas, rubias, morenas... Chicas guapísimas y encantadoras que daban todo por pasar al menos una tarde con él. Cuando le apetecía, dejaba a un lado su indiferencia y coqueteaba con una de las chicas, tenía una cita con ella, se divertían y nunca más se acordaba de ella. Nunca más la volvía a llamar. Y ni siquiera se paraba a pensar en que la chica podría estar esperando su llamada o esperara más que unos simples besos entre risas y coqueteos. Pero Dani no creía en el compromiso y no tenía la culpa de que otras personas sí, ¿verdad?

Era alto, de cuerpo atlético y rostro de actor de cine. Su pelo castaño claro siempre estaba perfectamente peinado y sus ojos verdes eran capaz de hipnotizar a cualquier chica. Además, llevaba las artes de la seducción en las venas: sabía cuando y cómo sonreír, al igual que cuando guiñar un ojo o subirse el cuello de su chaqueta de cuero. Dani era el rey del mundo, de su mundo, y nada más le importaba. Tenía unos padres que le daban todo lo que quería, sacaba buenas notas, era bueno en los deportes y caía bien a todo el mundo. ¿Qué más podía pedir?

Una tarde de viernes, Dani quedó con sus amigos para jugar a los bolos. ¡Ah! Dani era un crack jugando a los bolos, por supuesto. Llegaron a la bolera, situada dentro de un grandísimo centro comercial. Entre risas y collejas amistosas, el grupo de amigos se pusieron las características zapatillas de jugar a los bolos. Sí, esas tan ridículas. Pero claro, incluso ese tipo de zapatillas le sentaban bien a Dani. El rojo y azul del calzado combinaba a la perfección con sus desgastados Levis y su camiseta roja. Y por esa razón, entre muchas otras, un grupo de chicas que acababa de llegar a la bolera no paraba de mirarle. Dani ni se inmutó, estaba demasiado acostumbrado. Sus amigos empezaron a mirar a las chicas, calculando cual de ellas tenía los pechos más grandes. Las chicas se sentaron en la mesa de al lado, a apenas 10 metros. Mientras ellas se ponían las zapatillas, contemplaron maravilladas como Dani realizaba el tiro dorado, derribando (para variar) todos los bolos. ¡Pleno! Sus amigos le vitorearon y Dani se volvió a sentar con gesto despreocupado, esperando a que el resto de sus amigos tirasen. Por curiosidad, decidió mirar al grupo de chicas. Sí, eran de su edad y la verdad es que estaban bastante bien. Justo cuando estaba a punto de apartar la mirada, se percató de una chica sobre la que sus amigos no habían comentado nada. Era morena, de flequillo recto y con el cabello largo y muy liso. Vestía vaqueros y un sencillo jersey verde. Vamos, una chica normal y corriente, nada del otro mundo. Sin embargo, había algo en ella que le llamaba la atención: a diferencia de sus amigas, no se había fijado en él. Ni le había mirado. Ni una vez.

De repente, la chica morena se levantó para lanzar la bola. Era su turno. Dani vió como cogía la bola con movimientos un poco torpes. Era tímida, de eso no había duda. La chica se dispuso a lanzar, y Dani pudo ver como bajo esa ropa sencilla se escondía una figura bonita. Su brillante pelo oscuro se balanceó en el movimiento. Aunque al principio parecía que la bola no iba bien encaminada, acabó derribando todos los bolos. ¡Pleno! La chica dió un grito de sorpresa. Estaba claro que era la clase de chica que no tenía demasiada suerte normalmente. Se giró ilusionada, dispuesta a sentarse a esperar el próximo turno. La ilusión brillaba en sus ojos oscuros y su sonrisa... era increíble. Dani se quedó literalmente pasmado. Sus dientes eran perfectos y blancos, destacando con su bronceada piel.

- Ey, Dani, mira cómo acaba de lanzar este mariquita. ¿Dani? Tío, ¿qué miras?

Dani no se molestó en mirar a su amigo, que le hablaba. No podía apartar la vista de esa chica sencilla pero preciosa. De repente, la chica levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de él. Dani bajó la cabeza enseguida. "¿Me habrá pillado mirándola?", pensó. Un momento... ¿qué estaba pasando ahí? Normalmente era Dani el que pillaba a las chicas mirándole embobadas, y estas apartaban la mirada sobresaltadas y sonrojándose. ¿Acaso una chica (y encima una chica normal, no una animadora sexy) iba a hacer que fuera Dani el que se se pusiera nervioso? Eso nunca. Desafiante, Dani levantó la mirada dispuesto a demostrarle a esa listilla quién mandaba allí. Pero cuando volvió a mirar a la mesa de las chicas, ella estaba distraída bromeando con sus amigas, totalmente ajena a la presencia de Dani. Esto, por supuesto, enfadó a Dani, pero cuando volvió a ver su sonrisa y cuando escuchó su risa, volvió a quedarse ensimismado. Era perfecta. Su piel era aterciopelada y oscura. Sus ojos, almendrados. Su sonrisa, sincera y dulce.

- Dani, tío, estás embobado. ¿Se puede saber qué te pasa?

Sin mirar a su amigo, Dani sonrió y respondió con un susurro:
- Que me he enamorado.

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