sábado, 10 de noviembre de 2012

El tren de las 7.

Como cada mañana, Óscar subió al tren enfundado en su abrigo negro. El frío le helaba los huesos, pero merecía la pena despertarse una hora antes de la que debería y coger aquel alborotado tren.

En la estación había una mezcla de olores: humo, gasolina, perfume francés, huevos con bacon, cuero y chocolate. También había gente de todos los tipos; ancianos de arrugada frente pero de brillante corazón, que miraban por la ventana añorando tiempos lejanos; niños con uniforme y oscuras ojeras poblando sus pequeñas caritas; hombres trajeados con maletín, mirando insistentemente su reloj; mujeres elegantes con labios rojos y laca en el cabello; parejas que se decían adiós, entre besos dulces y lágrimas amargas.

Como siempre, Óscar se dirigió al final del vagón. Se sentó junto a la ventana, en el lado izquierdo. Se despojó de su abrigo, pues dentro del vagón podía sobrevivir con su jersey beige de cuello alto. Apenas le había dado tiempo a tomarse un café antes de salir de casa, pero no le importaba. Al menos se había peinado perfectamente y los poros de su piel desprendían un delicioso perfume masculino. Un poco nervioso, dirigió la mirada a los asientos de la derecha, justo el que estaba al lado de la ventana y en dirección a él. Estaba vacío. Y precisamente un vacío se apoderó de su estómago. Después de todo, esa mañana no iba a merecer la pena su sacrificio de madrugar más de la cuenta y no poder tomarse unas tostadas.

De repente, un aroma invadió el vagón y activó todos los sentidos de Óscar. Era un perfume femenino nada cargante, una fragancia sencilla y fresca. Era ella. Sí, pasó justamente a su lado y se sentó en la silla de la derecha junto a la ventana. La joven, distraída, sacó de su desgastada mochila de cuero marrón un libro de Oscar Wilde. Oscar... Siempre leía Oscar Wilde. Y eso a Óscar, nuestro Óscar, le encantaba. Deliciosas coincidencias... La chica comenzó a leer con gesto de interés. Se apartó sus lisos cabellos castaños de la cara. Sus ojos azules se veían cansados, seguramente por trasnochar leyendo, pero como siempre, desprendían luz. Y Óscar sonrió al saber que todavía quedaban bastantes paradas para seguir contemplándola. Sí, había merecido la pena coger ese tren. Y, como hacía cada mañana, Óscar se juró a sí mismo que algún día le hablaría...

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