Como cada mañana, Óscar subió al tren enfundado en su abrigo negro. El frío le helaba los huesos, pero merecía la pena despertarse una hora antes de la que debería y coger aquel alborotado tren.
En la estación había una mezcla de olores: humo, gasolina, perfume francés, huevos con bacon, cuero y chocolate. También había gente de todos los tipos; ancianos de arrugada frente pero de brillante corazón, que miraban por la ventana añorando tiempos lejanos; niños con uniforme y oscuras ojeras poblando sus pequeñas caritas; hombres trajeados con maletín, mirando insistentemente su reloj; mujeres elegantes con labios rojos y laca en el cabello; parejas que se decían adiós, entre besos dulces y lágrimas amargas.
Como siempre, Óscar se dirigió al final del vagón. Se sentó junto a la ventana, en el lado izquierdo. Se despojó de su abrigo, pues dentro del vagón podía sobrevivir con su jersey beige de cuello alto. Apenas le había dado tiempo a tomarse un café antes de salir de casa, pero no le importaba. Al menos se había peinado perfectamente y los poros de su piel desprendían un delicioso perfume masculino. Un poco nervioso, dirigió la mirada a los asientos de la derecha, justo el que estaba al lado de la ventana y en dirección a él. Estaba vacío. Y precisamente un vacío se apoderó de su estómago. Después de todo, esa mañana no iba a merecer la pena su sacrificio de madrugar más de la cuenta y no poder tomarse unas tostadas.
De repente, un aroma invadió el vagón y activó todos los sentidos de Óscar. Era un perfume femenino nada cargante, una fragancia sencilla y fresca. Era ella. Sí, pasó justamente a su lado y se sentó en la silla de la derecha junto a la ventana. La joven, distraída, sacó de su desgastada mochila de cuero marrón un libro de Oscar Wilde. Oscar... Siempre leía Oscar Wilde. Y eso a Óscar, nuestro Óscar, le encantaba. Deliciosas coincidencias... La chica comenzó a leer con gesto de interés. Se apartó sus lisos cabellos castaños de la cara. Sus ojos azules se veían cansados, seguramente por trasnochar leyendo, pero como siempre, desprendían luz. Y Óscar sonrió al saber que todavía quedaban bastantes paradas para seguir contemplándola. Sí, había merecido la pena coger ese tren. Y, como hacía cada mañana, Óscar se juró a sí mismo que algún día le hablaría...
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