sábado, 29 de septiembre de 2012

Despertares a tu lado.

A ella no le gustaba el invierno, ni siquiera el otoño. Odiaba tener que ir lloviendo a trabajar. Le ponía de mal humor que su perfecto peinado se desmoronase. Tampoco le gustaba que el viento azotara su rostro. Le ponía nerviosa no poder separarse de su gabardina debido al punzante frío.

No obstante, desde que le conoció a él todo cambió.



Él madrugaba solo para prepararle su chocolate caliente y comprar unos muffins.
Le llevaba también el New York Times, porque la conocía demasiado bien como para no saber su obsesión por estar enterada de todo a todas horas.
Conocía todas sus manías, la forma en la que se tocaba el pelo cuando se aburría o como leía las noticias del día mientras sorbía el chocolate delicadamente.
Sabía que no le gustaba que sus medias se mojaran con la lluvia ni que se le arruinase el maquillaje, a pesar de lo preciosa que estaba de cualquier manera.
Sabía que no le gustaba llegar tarde al trabajo y que se ponía histérica si había caravana.
Sabía que para relajarse escuchaba a los Red Hot, pues bajo esa apariencia de ejecutiva seria había toda una rockera amante de los conciertos multitudinarios y de las Converse desgastadas.

Sabía que, con sus detalles, a ella le sería más llevadera la rutina y más coloridos los días lluviosos.

Lo sabía y no se equivocaba.

Ella era feliz tan solo con verle reír. Era feliz percibiendo como él la miraba con una sonrisa en los labios mientras ella leía el periódico y se relamía el chocolate de los labios. Era feliz con poder pensar en él y recordar sus cálidos abrazos entre las sábanas mientras estaba atrapada en un terrible atasco. Era feliz con poder soñar despierta en la oficina, con saber que llegaría a casa y él estaría ayer leyendo a Wilde e inventando chistes para hacerla reír en ese frío día. Ella sabía que él intentaría que olvidara el estrés de su trabajo y la incomodidad del frío. Sabía también que él moriría por ella, por hacer que sonriera cada mañana, por contribuir a que su despertar fuera magnífico, por darle un beso de despedida y desearle suerte para todo el día.


Y por eso, ella había acabo ya con su antigua faceta gruñona. No se quejaba cuando el ascensor no funcionaba o cuando su secretaria se equivocaba al enviar sus informes. Tampoco le importaba el agobio de las calles y carreteras. Desde que le conoció, ella inspiraba alegría y felicidad, derrochaba luz y sus ojos brillaban cálidos, ardientes. Su sonrisa era inmensa y contagiaba a todo el que la miraba. Saludaba amablemente a los vecinos y caminaba con paso firme pero alegre. No le importaba aparcar sus carísimos tacones de aguja para enfundarse en sus graciosas botas de agua y disfrutar del día. Ya no se deprimía al mirar por la ventana y ver que el día había amanecido nublado y lluvioso. Al contrario, daba un sorbo nuevo a su chocolate y se refugiaba aún más en sus sábanas y... en sus brazos.





Ya no se tomaba la vida tan en serio. Reservaba tiempo para ella misma, para reír, para soñar, para inspirar hondo. Se perdía en las calles de Nueva York y a veces se olvidaba a propósito el paraguas. Dejaba que las lágrimas del cielo acariciasen su rostro y saltaba entre los charcos como en su infancia. Risueña, llegaba a la oficina y contagiaba su buen humor a todos. Hacía su trabajo a la perfección, pero al salir de la oficina desconectaba y se dedicaba a ser feliz. Compraba una pizza bien grasienta en el camino y la compartía con él. Veían pelis hasta la madrugada sin preocuparse de que al día siguiente había que trabajar. Reían con las comedias mientras se atiborraban de palomitas y se daban besos salados y dulces a la vez. Acababan dormidos en el sofá, con las manos entrelazadas y a la espera de un nuevo despertar, cálido, suave, con sabor a chocolate.


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