sábado, 22 de septiembre de 2012

Welcome autumn.

Lo reconozco: adoro el verano.

En serio, viviría eternamente en esa estación, disfrutando del delicioso tiempo libre, del sol y los shorts, del mar, de las tormentas nocturnas.

No me cansaría de tostarme bajo el sol, de mirarme el pelo mientras buceo, de tumbarme en la hierba sin pensar en nada ni en nadie.
Solo de pensar que ya se acerca el frío, los días que perecen antes, los incómodos abrigos y las mañanas lluviosas... me deprimo. Sí, puede sonar exagerado, pero me entristecen mucho los días grises y la monótona rutina.
No obstante, el otoño ha llegado sin que nos diéramos cuenta y... ya no podemos hacer nada.

Pero, ¿sabéis qué? Que no tiene ningún sentido deprimirse. El otoño es una estación más, y si sabes disfrutar de los pequeños placeres de la vida, podrás disfrutar de ella también.

¿No me creéis? Pensemos... hmm..

El frío. A mí no me parece nada agradable. Pero... ¿y lo bien que nos sentimos cuando venimos helados de la calle y llegamos a casa? Sí, cuando entramos por la puerta y el calor de la casa nos invade, y por esa razón cerramos rápido la puerta, nos quitamos el abrigo y los zapatos y nos sentamos en el sofá tapados con la manta. ¿Y qué me decís de las noches tapados hasta la cabeza con el grueso edredón? No las cambiaba por nada...

El marrón. Siempre lo digo: no me gusta el marrón. No tiene nada que hacer contra el azul del mar (o de la piscina, quién sabe), el verde esmeralda de la hierba veraniega o el rosa de las flores primaverales. En serio, ¿os imagináis un mundo marrón? Pues lo cierto es que no es tan feo como había pensado. De hecho, puede tener una belleza admirable si aprendemos a apreciarla. Imaginaos un parque plagado de árboles marrones, cuyas hojas van cayendo lentamente junto a otras hojas de colores rojizos y... dorados. Imaginaos un paisaje marrón y dorado, un camino de hojas con las que juegan los niños, castañas y bellotas por doquier engalanando las calles. La belleza está en el que mira, no hay cosa más cierta.

La lluvia. Puf... la lluvia. Que desagradable sensación esa de empaparse, de calarse sin remedio, de que tu pelo se asemeje más al de un león. Pero... ¿no os gusta estar en pijama y calcetines en casa y mirar por la ventana como la lluvia golpea el cristal? ¿No os podríais pasar horas mirando como las gotas surcan un camino en el cristal y acaban muriendo en charcos oceánicos?



Me he dado cuenta de que muchas veces ser feliz es más fácil de lo que pensamos. Si nos conformáramos más con lo que tenemos, podríamos saborear la vida mucho más. Si de vez en cuando olvidáramos nuestros problemas y apagáramos el móvil, podríamos atender a lo verdaderamente importante de la vida: las personas y los pequeños detalles.
Y aunque no nos guste una estación, podemos aprender a sacar lo bueno de ella y vivir una auténtica aventura en ella.


Por eso, aunque soy una enamorada del verano, estoy muy orgullosa de decir: Hola, otoño.

 




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