jueves, 18 de octubre de 2012

Ni siquiera la música podía salvarle.

Descargó toda su rabia con su guitarra. Sus dedos estaban en carne viva y el sudor recorría su frente. Sus ojos se movían frenéticamente y la euforia recorría sus venas. Jamás había tocado con tanta intensidad, con tanta furia...
El público saltaba y vibraba al ritmo del solo de guitarra. En ese momento, podía sentirse libre. El nudo que tenía en la garganta desde que ella se fue desapareció por completo. No quedaba nada, ni siquiera tristeza. Se sentía fuerte, se sentía poderoso. Se olvidó de todo lo que tenía alrededor: desde sus compañeros de banda hasta el eufórico público. Solo estaban él y su guitarra.


De repente, cuando estaba a punto de llegar a una especie de éxtasis, de orgasmo musical, sintió una punzada en el pecho. Las rodillas le temblaron y sintió que la guitarra resbalaba entre sus manos. Su vista se nubló y apenas veía colores emborronados. Había dejado de distinguir lo que cantaba la vocalista y hasta había perdido el compás de la batería. Tampoco escuchaba los gritos del público.


Entonces, lo entendió todo.
Ni siquiera la música, su gran pasión, podía salvarlo. Tocar la guitarra solo le proporcionaba unos momentos de desconexión, un pequeño respiro para olvidar y sentirse renacer. Sin embargo, cuando menos se lo esperaba... la ausencia de ella volvía a doler. Solo con pensar en la última vez que la vio, con ojos que contenían lágrimas y con labios temblorosos, una tristeza infinita se apoderaba de todo su cuerpo.
Ella era su gran amor y un fondo de música punk no podía cambiar eso. Estaba indefenso, no tenía ninguna oportunidad. Solo le quedaba resignarse y vivir toda la vida con ese abatimiento, con ese dolor.


Sin apenas pensar, se desprendió de su amada guitarra y saltó enérgicamente del escenario. Ni siquiera unas chillonas universitarias que le había lanzado ciertas prendas íntimas mientras tocaba se atrevieron a detenerle, a decirle algo. Él iba esquivando al público, iba abriéndose paso entre una marea de persona que le miraban con ojos como platos. Ni siquiera sus compañeros de grupo se atrevieron a pedirle explicación. La desesperación se manifestaba en su rostro y todos lo notaban. Y así, con una presión enorme en el pecho, abandonó la alborotada sala. Lo único que se le pasaba por la cabeza en ese momento era el número de cervezas que se tomaría esa noche para eludir el recuerdo de su sedosa melena, de sus contoneantes caderas, de su mirada felina...

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