miércoles, 4 de enero de 2017

Roscón de Reyes

Miguelito no podía despegar la mirada de los dulces y humeantes bollos expuestos como suntuosas joyas coloridas. Su gélido aliento empañó el cristal del escaparate de la pastelería, uno de sus lugares preferidos de Madrid, sobre todo en Navidad. Lástima que únicamente tuviera que contestarse con mirar...

Abatido, pero a la vez resignado, Miguelito dio media vuelta y se alejó de la tentadora pastelería, de ese paraíso que protagonizaba sus sueños en sus frías siestas en la intemperie. Observó el imponente reloj que reinaba en la Puerta del Sol y se dio cuenta de que se le hacía tarde. Si no se daba prisa, no encontraría un buen recoveco donde poder guarecerse y descansar. ¡Ya eran varias noches seguidas en las que se conformaba con un par de cartones húmedos!

Atravesando la calle Preciados, trató de no llamar la atención entre la gente. Muchas veces solía cruzarse con miradas de lástima, pero la mayoría de las veces lo que inspiraba en las personas con las que se cruzaba era indiferencia. La gente se había insensibilizado tanto que ya ni se conmovía ante la miseria ajena. Ni siquiera cuando el protagonista de esa pobreza es un muchacho de apenas quince años.

Miguelito solía dormir a las puertas de los cines Capitol, excepto cuando había algún preestreno especial, claro. En ese caso, el personal de seguridad le sugería amablemente que se fuera al carajo. No obstante, parecía que esa fría tarde de enero tenía vía libre. Al fin y al cabo, ¿qué película iba a estrenarse la noche de Ryees? Las familias estaban demasiado ocupadas en envolver regalos y construir ilusiones. Una vez acomodado en su esquina favorita, Miguelito se arropó con un cartón -uno de los buenos, grande y seco-, mientras observaba a la gente pasar. Había turistas perdidos que fotografiaban la Gran Vía sin mirarla. Había señoras con abrigos de pieles y mucha prisa. Había niños llorones que pedían a sus padres que les comprasen golosinas o unos barquillos con chocolate. Había parejas de enamorados que caminaban casi sincronizados. Había personas con historias, con familias, con vidas. Personas que tenían a otras personas esperándolas en casa. Personas con identidad.

La noche no fue tan larga como pensaba. Eran unas fechas duras para Miguelito, ya que recordaba esos días en los que tenía una casa, una familia y una cena caliente. Era una persona con sueños, con propósitos y con identidad. Poco a poco, fue abriendo los ojos entre perezosos bostezos y algún que otro estiramiento. El blanco cielo madrileño le daba los buenos días, mientras que las cariátides de los rascacielos parecían no haberse despertado aún. Pero, entonces, se dio cuenta de que algo había cambiado. Había un nuevo olor o, mejor dicho, un nuevo aroma suspendido en el ambiente. Aunque no era tan nuevo del todo, pues le resultaba vagamente familiar. Olisqueó durante unos segundos más la azucarada y apetitosa fragancia, hasta que por fin lo vio. Frente a él, había un paquete envuelto con un brillante papel verde esmeralda. Miguelito lo cogió y se percató de había una nota sobre el misterioso presente. La misiva decía lo siguiente:

"Siempre vemos tus ojos a través del escaparate. Hoy queremos llenar esos ojos de alegría. ¡Feliz Día de Reyes!"

Sonriendo, Miguelito desenvolvió el regalo y se encontró con el roscón más tostado y jugoso que jamás había visto. Era un roscón de Reyes para un muchacho que, en el fondo, seguía siendo un niño con sueños, con ilusiones y con identidad.



Lidia Baños

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