Nieve en verano. Sal en el río. Azúcar en el
café. Todo está patas arriba menos mi café. Aunque el mundo se derrumbe, en mi
cama nunca faltará una taza de café. Así me veo yo: acurrucada entre sábanas
que un día fueron blancas mientras veo cómo todo se acaba. Sorbo mi café y ya
no me quemo los labios. Lo único que me quema es la soledad, una soledad que
antes no me importaba pero que ahora me asfixia. Mi café y yo, solos,
enfrentados al universo.
Ignoro mis ojeras y la tristeza de mi cara. Dicen que para borrarla, necesito
sonreír. Lo intento, pero no me gusta la mueca que dibuja mi boca. No estoy
habituada a ese gesto. No estoy acostumbrada a ser feliz.
Llegas. No llamas a la puerta, pero llegas. De mis lágrimas haces alas y me
enseñas a volar. Desde lo alto puedo ver una taza de café medio vacía reposando
sobre la mesita de noche. Las sábanas ya no están arrugadas. Mi corazón ya no
está roto.
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