Unos días antes de que te marcharas, pensé en llamarte. No lo hacía a menudo, a pesar de que a veces me lo habías reprochado. Siempre estaba demasiado ocupada, demasiado alejada de las cosas que de verdad importan. Al final no te llamé, no sé si por pereza o por simple despiste. La cuestión es que no lo hice y... ¡tonta de mí! Nadie me dijo que un día sería demasiado tarde.
Te fuiste sin avisar y quizá sea eso lo que más duele. No tuve tiempo ni de despedirme. Cuando por fin me serené y comprendí que ya no estabas, solo me quedaba llorar por ti. Efectivamente, lloré por ti. Lloré por todos los momentos vividos y por los no vividos. Lloré por tus llamadas en mi cumpleaños y por las no llamadas. Lloré porque sabía que jamás podría volver a saborear tu comida y que nunca más me pedirías que te hiciera un masaje, aun sabiendo que yo me cansaría al minuto. Lloré porque nunca más te iba a ver tumbada en el sofá de mi casa adueñándote del mando de la tele. Lloré porque mi madre no te cortaría el pelo en el salón nunca más mientras tú le contabas algunos chismes. Lloré, incluso, porque ya no te vería llorar más por él. A él, que le llevabas impreso en un colgante de plata y tallado en tu corazón, el corazón más bonito que jamás he conocido.
El otro día estuve en tu casa y fue la primera vez que entré sin estar tú esperando al otro lado de la puerta. Lo vi todo muy vacío, demasiado. Tus cosas estaban allí, pero faltaba lo más importante. Sentí un nudo en el estómago e intenté no llorar. Lo conseguí, aunque tuve que pagar un precio. El coste es esa herida en mi interior que crece más con cada ausencia. Cada vez que intentó recordar tus ojos o tu voz, la herida se hace más grande. Lo único que me consuela es saber que estás descansando de una vida que no siempre te ha tratado bien. Lo único que me reconforta es saber que, donde quiera que estés, sigues cuidando de nosotros.
Para J.
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