viernes, 21 de agosto de 2015

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Intento levantar los pies del suelo y no cerrar tanto los ojos. Me aparto el pelo de la cara y tomo aire una vez más. Quiero seguir adelante y que las sonrisas no se congelen en mi boca. Quiero que mis ojos brillen de nuevo y que la vida no resulte tan dolorosa. Quiero ser escurridiza como una ola y libre como el océano. Quiero levantarme cada vez que me caiga y no mirar nunca hacia atrás.

Las lágrimas son dulces y no saladas. El llanto es silencioso y la risa, vacía. Mis manos son como las hojas del otoño. Mi corazón está hecho de vidrio y yo me siento quebrada. Soy una moribunda, una esclava del dolor. Soy el recuerdo triste que siempre permanece. Soy el hielo que daña tus dientes. Soy la luna sin estrellas, ajada y amarillenta. Soy la oscuridad infinita, el café amargo, el frío asesino. Soy y no soy.

No me quedan esperanzas. Ni siquiera sueño por las noches. Hasta las pesadillas me abandonan entre unas sábanas frías y ásperas. No corro descalza ni saboreo la lluvia. No miro fotos antiguas ni compro revistas. No me miro al espejo por temor a la mirada vacía de mi reflejo. No camino por mi casa ni acaricio la ventana. No me refugio en ninguna parte porque no soy parte de ninguna parte. Lloro sin ganas, grito sin voz. Me araño por dentro, suspiro por fuera. Soy invisible, traslúcida, maleable. Desaparezco pero permanezco. Observo pero no expreso. El mundo se las apaña bien sin mí.

No me gustan los finales ni tristes ni felices. No quiero que las cosas acaben. ¿Por qué la tableta de chocolate no es eterna? ¿Por qué los ascensores suben y bajan sin detenerse? Todo se me viene encima. La noche me pesa, el día me asusta. Soy solo una sombra, un fantasma del pasado. No corro ni vuelo. Buceo entre pesadillas, agonizo en vida. Quiero dejarlo todo pero no quiero rendirme. Ya no sé de qué color son mis ojos. El sol es mi enemigo. Ni siquiera pido auxilio. Te echo de menos.

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