lunes, 27 de julio de 2015

Hela

La primera vez que probó el whisky, mil demonios se cernieron sobre su garganta, abrasándola. Pero, tras muchas noches frente a la botella, la sensación llegó a ser incluso placentera. Cada trago era un billete de tren hacia el olvido. No quería sentir nada y aquella era la única vía para conseguirlo. No le importaba sufrir ni estar sola. Al fin y al cabo, ¿cuándo le había afectado la soledad? Era mejor así.

El calor era insoportable. El verano estaba empeñado en freír su cerebro pero no pensaba ponérselo fácil. Dejó que uno de los cubos de hielo bailara entre sus dientes y se deslizara a lo largo de su lengua. Cerró los ojos, haciendo desaparecer el incesante zumbido del viejo televisor. Los recuerdos se sucedían en su mente como diapositivas a color, pero colores borrosos que se difuminaban con sus lágrimas.

En la noche todo era mejor. Se metió en la cama ataviada con una ancha camiseta a modo de camisón, sintiendo en sus finas y pálidas piernas la suavidad de la resbaladiza seda de las sábanas. Se soltó el pelo, que se abrió formando un sol dorado sobre la almohada rosada. Tenía ganas de beber y de llorar, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Simplemente, cerró los ojos, apretándolos muy fuerte mientras trataba de sonreír. Era una sonrisa forzada, amarga, dolorosa. Ni el más malvado ser de la Tierra merecía poseer una sonrisa tan dolorosa.

No quería despertar. ¿Por qué no podía permanecer con los ojos cerrados para siempre? Inconsciente. Inmóvil. Invisible.

Más tragos de whisky. Pero, esta vez, en compañía. Era un muchacho normal con una camisa normal y un peinado normal. Se reía mucho y le miraba el escote. Bebía y bebía. No preguntaba, y eso le agradaba. No quería contar a nadie su historia. Aborrecía el victimismo y las chicas marchitas que buscaban consuelo tras hablar de su pasado rebelde y trágico. Ella no era así. Su vida era suya, al igual que su dolor. Tan solo quería distracción, sensaciones que le hicieran olvidar. Había olvidado que ya no sentía nada.

La última noche. Ella sabía que era la última. Estaba guapa, de hecho. Se había pintado los labios de rojo encendido y se había rociado el cuello de perfume caro. Aún le quedaba algún frasco de la época de caros perfumes y suntuosos vestidos. Eran vestigios de una vida de lujos que pereció. Dio un trago más y fue consciente de que sería el último. Quizá por eso se levantó del sillón. ¿Quién en su sano juicio quería desaparecer del mundo apalancada en un desvencijado sillón? Salió a la terraza y se asomó al balcón. Era una noche preciosa. La luna era menguante y el cielo tan oscuro como las pupilas de un gallo. Sonrió. Era un escenario bello y aquello le gustaba. Por fin iba a descansar y se estaba despidiendo de la mejor manera posible. Giró su cuello con lentitud para dirigir una última mirada a la botella de whisky, casi vacía. Pero esa noche, el cóctel llevaba otro ingrediente mucho más letal que no tardó en hacer efecto. Solo le dio tiempo a sonreír una vez más, pero no era una de sus sonrisas tristes, sino una sonrisa de alivio, una simple muestra de paz.

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