Nadie dijo que fuera fácil, pero debería haber habido algún aviso. No sé, una especie de cartel en el que se leyera "La vida es una mierda". Pero no, nunca he visto nada parecido y por eso el golpe fue tan grande. Aunque mis padres se divorciaron cuando yo era bastante pequeña, no tuve una mala infancia. Vivía con mi madre, aunque solía verle a él todos los fines de semana. Era un hombre rico y ocupado, pero siempre tenía tiempo para mí. Sabía lo que me gustaba y ni un solo sábado se olvidaba de llevarme a la feria y comprarme algodón de azúcar. Mi madre también me quería, pero a medida que yo iba creciendo, sentía que cada vez estaba más decepcionada. No había que ser muy lista para saber que ella, una mujer que siempre tenía que llevar la manicura perfecta, prefería que su hija fuera una pija amante de los bolsos y de las clases de hípica antes que una adolescente delgaducha que escuchaba punk y que abusaba de la sombra negra en los ojos. Aun así, como ya os he dicho, yo era feliz. Hasta que llegué al instituto, claro. Es cierto que nunca había tenido demasiados amigos porque soy una chica bastante tímida, pero tenía a los que me interesaban, que es lo importante. Pero al llegar al instituto cada uno siguió su camino y yo acabé en una clase de pijas estúpidas y tíos macarras. Sobre todo ellas, las chicas, empezaron a dedicarse a hacerme la vida imposible. Hablo en sentido literal, de verdad. Unos días se reían de mis camisetas, que solían ser siempre negras y holgadas, y otros se burlaban de mis delgadas piernas y de que casi no tenía tetas. Estúpidas... Si quería, podía tener mucha más ropa que ellas (y mucho más cara). Y es gracioso que se rieran de mí por estar delgada cuando solo se permitían almorzar un sandwich vegetal y una Coca-Cola light. Pero yo nunca me atrevía a replicar porque eran muchas y muy engreídas. Al principio, no las hice caso. Yo seguía a lo mío, claro está. Pero llegó un momento que comenzó a ser insoportable. Aprovechaban cualquier detalle para dedicarme miradas de desdén y risitas burlonas. Se pasaban notitas en clase delante de mis narices en las que sé que me ponían verde. Una vez, incluso, dibujaron una caricatura mía en medio de la pizarra. Me ponían motes estúpidos y conseguían que ningún compañero de clase me dirigiera la palabra. No es que la soledad me importara demasiado, pero a veces deseaba tener alguien con quien insultar a esas cobardes o con quien, al menos, hablar sobre cine o sobre alguna estupidez que me hiciera no pensar. Los años pasaron y aún hoy todavía me asombra el aguante que tuve. Acababa de cumplir dieciséis años y, aunque debería haber estado feliz, no sentía ningún entusiasmo por haber llegado a los sweet sixteen porque mi día a día era una pesadilla. Tal cual. Por supuesto, nadie sabía nada sobre lo que ocurría en clase y los profesores parecían (o no querían) darse cuenta. Era una sensación extraña porque sentía que ya me había acostumbrado al dolor, al acoso, a esa clase de vida. Aunque reconozco que llegó un día en el que no pude más. Había llegado un chico nuevo a clase y reconozco que me gustó desde que le vi. No es porque fuera guapo (que lo era), sino porque parecía inteligente e interesante, Maduro, incluso. Y me sonrió cuando le presté un bolígrafo. Por primera vez en la vida me sentía feliz. Por primera vez, me sentía una chica normal. Como de costumbre, ellas creyeron que yo no tenía derecho a sentirme así. Las mariposas en el estómago y la felicidad debían estar reservadas para chicas cursis y malvadas como ellas. Y consiguieron hacerme estallar. No les resultó muy difícil: les bastó con llenar las paredes de clase de fotos que me habían hecho sin darme cuenta en algunas ocasiones. Por ejemplo, en una aparecía sentada en clase y tenía los vaqueros un poco bajados, por lo que se me veía el inicio de la rajita del culo. La 'hucha', vaya. No es que lo vea nada del otro mundo y, en realidad, hasta considero que tengo un culo bonito, pero me dio muchísima vergüenza. Toda la clase estalló en carcajadas y hasta el chico nuevo no pudo reprimir algunas risotadas. Me sentí pisoteada, ultrajada y humillada. Era horrible. Me levanté de la silla, salí de la clase y atravesé el pasillo a toda velocidad. Casi me caigo de bruces porque llevaba los cordones de las Converse desatados, pero ni siquiera eso hubiera sido más humillante que lo acontecido en el aula. Estuve a punto de entrar en el baño de chicas y encerrarme a llorar hecha un ovillo, como ya había hecho muchas veces, pero esta vez quería estar más lejos, a millas de allí. Salí a la calle y seguí corriendo con los ojos inundados de lágrimas. Sentí como mi pelo liso y negro se fundía con el viento, pero eso no me hizo sentir mejor ni más libre. El nudo que tenía en la garganta no cesaba y las lágrimas me abrasaban las mejillas. Pero la agonía duró poco, porque lo cierto es que mi casa no estaba demasiado lejos del instituto. Sabía que mi madre no estaría, porque después de pilates siempre tomaba café con sus amigas o a peinarse en la peluquería. Además era martes, por lo que Nana, la señora que nos limpia la casa, tenía el día libre. Entré sin mirar atrás y subí las escaleras a toda pastilla. Empujé con rabia la puerta de mi habitación, abrí uno de los cajones de mi escritorio y comencé a revolverlo desquiciadamente. Por fin, lo encontré. Era un sacapuntas azul que me trajo mi padre de Bruselas. Me senté y traté de sacar la cuchilla. Me costó, pero lo conseguí. La sostuve en mis manos, tragué saliva y... la hundí en la piel de mi muñeca.
No me siento orgullosa. No creo que fuera una actitud valiente. A veces he oído cosas parecidas. "No escondas las cicatrices de tus muñecas porque son un símbolo de valentía". Claro que no tengo que esconderlas (aunque al principio, lo hice), pero no son un signo de valentía, sino de cobardía. De estupidez. De haberme rendido. Si queréis saber si llegué lejos, la respuesta es afirmativa. A lo largo de, más o menos, un mes y medio, me refugiaba en el dolor de los cortes para olvidar el sufrimiento. Algunos ahogan sus penas en el alcohol y yo lo hacía en la sangre. Mi madre notaba algo, lo sé, pero no sabía el qué. Yo siempre llevaba jerseys y camisetas de manga larga, así que nadie podía ver mis heridas, al igual que nadie conocía las más profundas, las que me atravesaban el alma. No creí que estuviera haciendo nada malo. Mi única intención era sentirme algo mejor, pero mi momentánea liberación tuvo consecuencias. Un día decidí arriesgarme más y, como había visto en varias películas, me introduje en la bañera con la cuchilla en la mano. La llené hasta arriba de agua helada y no volqué ni un gramo de espuma porque quería ver cómo la sangre teñía de rojo el agua. No penséis que soy macabra, pero ese tipo de cosas conseguían que me evadiera. Comencé a rasgar mis muñecas y mis antebrazos, cada vez con más fiereza e intensidad. Cortaba y cortaba mientras la sangre caía a borbotones. No era consciente de lo que hacía y de cómo la vista se me empezó a nublar. No vi nada, todo era oscuridad y la poca consciencia que me quedaba me informó de que ese era el fin. El fin que yo había elegido.
Abrí los ojos lentamente, a pesar de que sentía que los párpados me pesaban una tonelada. Sin embargo, no estaba sumergida en una bañera sangrienta, sino que me encontraba tumbada sobre una cama dura de una habitación de hospital. Frente a mí estaba mi madre con los ojos hinchados de llorar. Parecía diez años más vieja. Así es el dolor, que te rompe por dentro y por fuera. Con su mirada, supe que se sentía culpable, aunque no lo era. Ni siquiera lo eran esas imbéciles que se metían conmigo en clase. La culpable fui yo, por haber tirado la toalla en vez de luchar. Opté por la salida más fácil y casi muero en el camino. Pero desde ese día me juré a mí misma que eso no volvería a suceder. Me prometí que jamás me iba a volver a rendir.
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