Es imposible decidir cuál es mi sensación favorita al ir al cine. ¿Será el buscar a tientas tu asiento y dejarte caer en él? ¿O el aroma a palomitas que te embriaga desde el propio hall? ¿Quizá el ritual de acomodarte y sorber tu Coca-Cola mientras ves los tráilers? Imposible quedarse solo con una.
Sea como sea, este martes acudí al cine a una de esas películas que desprenden testosterona y que duran alrededor de diez horas. Con esta descripción, quedan pocas opciones distintas a Nolan o Scorsese, así que me habéis pillado.
Al entrar en la sala 7 de los cines de mi barrio -que, por cierto, ahora tienen sillones reclinables y la etiqueta Luxury en el naming, una buena excusa para encarecer más el precio de la entrada- yo esperaba encontrarme el panorama de siempre: unas cuantas 'parejitas' repartidas en las últimas filas y algún grupo de chavales algo escandalosos. Pero, para mi sorpresa, me dieron la bienvenida decenas de cabezas blancas. Sí, cabezas coronadas por cabelleras canosas, hombres y mujeres en sus espléndidos setenta.
Tras ascender por las escaleras rezando por no caerme, llegamos a la última fila, en la que estaban nuestros asientos. Precisamente, se localizaban al lado de una pareja de ancianos. Allí estaban ellos, recostados en los comodísimos asientos, tapados con sus chaquetas. Ambos sujetaban algo más plateado aún que sus melenas: unos bocadillos envueltos en papel de aluminio. Y así se habían montado todo un planazo: tarde de cine y merienda al calor de sus rebequitas.
No sé si fueron sus ojos expectantes a que comenzara la película, o sus susurros mientras comentaban los tráilers, o el ruidito del papel de aluminio, pero fue una situación que me hizo sonreír. Además, de ellos, por toda la sala había varias parejas de ancianos, como si fueran adolescentes que van al cine como excusa para besarse por primera vez. También había un grupo de dos hombres y dos mujeres, una pandilla que me hizo pensar que, tal vez, dentro de unos años mis amigos y yo seremos así: veraneantes en Benidorm y visitantes del cine cada martes.
Y, entonces, lo vi: entre los tráilers que se proyectaron, dejó asomar un breve spot que anunciaba que el martes era el día grande del cine para los mayores de 65. La entrada les costaba nada menos que 2 euros. Y de ahí la explicación de que ese día, la sala estuviera llena de sonrisas desdentadas y ojos coronados por patas de gallo.
Sinceramente, me alegré muchísimo. Ya no me preocupaba dormirme en una película de más de tres horas después de una larga jornada laboral. Tampoco me importaba si el bueno de Scorsese me iba a decepcionar (spoiler: no lo hizo). Mi mente ya divagaba en otros terrenos, imaginando mil historias sobre los espectadores septuagenarios y octogenarios. ¿Les acabaría gustando la película? ¿Alguno se echaría una cabezadita en los cómodos asientos de última generación? ¿Habrían tardado en arreglarse para su cita en el cine? ¿De qué eran los bocadillos? ¿Irían todos los cines a gastar sus 2 euros en pasar un buen rato?
Por todo esto, me confirmé a mí misma cómo el cine puede salvar vidas y acompañarnos, independientemente de la edad. Si puedo elegir, a partir de ahora iré los martes, no porque me beneficie del descuento en las entradas, sino por estar rodeada de tan entrañable público.
jueves, 26 de octubre de 2023
Cine a 2 euros para los jubilados
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